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El mito de la ley

junio 19, 2011

Augusto Compte, en su ley de los tres estadios, establecía el carácter de cada uno de ellos según la fuente de la cual se esperaba la explicación y solución a las cuestiones acuciantes de la vida: los dioses, la razón y finalmente, la ciencia.

El común denominador de los tres estadios era una fe ciega, mágica y absoluta en la eficacia infalible de cada uno de los factores señalados, etapa por etapa.
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Desde luego este planteamiento ya fue superado hace mucho tiempo, pero en México, al margen de estos hechos, hemos añadido siempre como cuarto estadio el de la Ley.
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El añadido fue contemporáneo a los trabajos de Compte, sin duda herencia del legalismo español que los insurgentes primero y los liberales después, encumbraron como la panacea absoluta y el medio único que garantizaría el progreso nacional en todos los órdenes.
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El propio Jesús Reyes Heroles expresaba, en su Historia del liberalismo mexicano, la candidez con la cual los grandes pensadores liberales del siglo XIX  creían a ojos cerrados que bastaba establecer una ley para que ésta por sí misma modificara al hombre y a la entera sociedad. No obstante los buenos servicios del marco legal, su situación actual muestra que sus efectos colaterales han sido nefastos, tanto por su exacerbamiento como por la actitud, jamás enfrentada, del mexicano ante la ley.
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Hemos llegado a tales extremos en esta divinización del legalismo que desde hace años hasta robar se vuelve lícito, si la ley lo establece, pongo por ejemplo los salarios de las clases altas de los políticos mexicanos, y su más reciente escándalo, los aumentos a los señores consejeros electorales que ahora recibirán, “legalmente”, un salario de hasta 170 mil pesos mensuales, por no hacer, “legalmente” nada.
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Frente a estos hechos, quiere el buen gobierno que cientos de policías expongan su vida diariamente a cambio de un salario miserable, porque así lo marca la ley.
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En México la promulgación de una sola ley trae como consecuencia una derrama económica inconcebible por la serie de nuevas leyes que para hacer aplicar la primera se van sucediendo, con su consiguiente cascada de recursos para interpretar, reinterpretar, evadir, ampararse o simplemente brincarse las normas, sea por nuestra anarquía social, sea sobre todo porque el sistema educativo mexicano ha fracasado en una de sus tareas esenciales: formar una ciudadanía de alto nivel democrático.
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Igual culpa han tenido los responsables de ejecutar y sancionar el cumplimiento de las leyes, pese a todas las leyes que para obligarlos a cumplir su función se han promulgado.
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Pero como seguimos pensando que todo se ha de arreglar por la promulgación de leyes, pues ahí tenemos esos más de treinta clubes de golfos que se llaman eufemísticamente congresos, jugoso consuelo de precandidatos frustrados o pago arbitrario de favores en campaña, cuya función, piensan, es seguir haciendo leyes y más leyes.

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